Próxima reunión de la Mascarada Libertina

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Estimad@s Colegas, Compañer@s de la revoluconaria y vanguardista Mascarada Libertina:
Un año ha pasado, y toca el turno de reunirnos nuevamente, para tratar temas sustantivos de la agenda de este movimiento creativo que, pese a todos los intentos de sus miembros, debe despegar finalmente.
La cita sera entonces al día sábado 29 de agosto, a las 11:30 de la mañana, en la plaza Citlaltépetl, en el mero centro de la COndechi, para variarle. De ahi nos moveremos a nuestra magna sede, donde daremos por iniciado el segundo año de este insigne movimiento.
Nos vemos entonces allá. Lleven todas sus ideas, textos, fotos, plástica, etc, para organizar las actividades y terminar de conocernos que, pasados ya doce meses, no terminamos de hacerlo!
Bueno, pues hasta entonces y de todas formas ya saben que estoy a sus órdenes para cualquier duda o aclaración al respecto.

Dino Marconni.

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27/08/2009 23:43 Autor: Dino Marconni. #BlogThis. Tema: Mascaradas. No hay comentarios. Comentar.

No Title 1

Me convenzo cada vez más que vivo los estragos provocados por el eco de una vida pasada, que ahora tan sólo puede verse como un recuerdo opaco y dudoso, dentro de los cotidianos desvaríos de mi cabeza.

Alucinación o deseo reprimido, al final estos déjâ vu terminan por sumirme en un cada vez mayor estado de confusión, tan enervante y adictivo para un servidor, que no distingo claramente si debiera preocuparme por mi obstinación a cada acceso de locura, o la aprehensión que guardo entre los períodos supuestamente lúcidos de mi ser.

Entre sueños, miro al fondo de una existencia que reconozco como propia, pero que jamás, ni en el más tangente de los argumentos hilvanados a lo largo de mi carrera como prestidigitador de letras, podría tenerme como protagonista de tan mundanos y plausibles acontecimientos.

El olor a humedad en una mañana fría y brumosa, rodeado de paredes de madera en extraño ángulo oblicuo al suelo, y una taza de café aromático inundando los alrededores de una silla de metal y resina color verde, donde descansan mis delgadas y descalzas piernas femeninas. No logro encadenar dicha anécdota dentro del discurso de mi vida, pero sé que ha sucedido, Motivo de mi alarma.

La mirada perdida en torno a una plaza de colores ocres, con algunos toques cítricos en el ambiente aderezando la incomodidad de una silla poco ergonómica, mientras un conocido charla animoso sobre tal o cual proyecto literario en puerta, y yo miro aquel juguete desgastado entre mis no menos viejas manos. suena a mi estilo, y lo sé, mas la edad de mi cuerpo me traiciona.

¿Acaso he sido ahora bendecido con el don de la segunda vista? ¿Será que mi mente se ha sintonizado con las emisoras del pasado y el futuro al mismo tiempo, y tanto me muestra la programación de un tiempo perdido--probablemente a principios de los setenta-- así como los próximos estrenos en la marquesina personal -quizás dentro de unos veinte años-?

Me parece maravilloso, sublime acaso, el mirar hacia estos atisbos de mis reinvenciones, y sentir ese dejo de perturbación frente a lo inexplicable. La maravilla individual consiste en engañar, de tal forma, que ni yo mismo sé si todo esto, cada idea y adjetivo, cada golpe de tecla en el éter informático, será real, o simplemente un nuevo juego literario para confundir a quien se deje, en esta caravana de disfraces y relatos....

 

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26/07/2009 23:48 Autor: Dino Marconni. #BlogThis. Tema: Divagando. Hay 1 comentario.

La Baraja (1)

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(Continuación del relato de Dino Marconni)

Tardé un tiempo en entender la baraja de Marconni. Por meses, luego del encuentro en aquella cantina, solía tomarla de cuando en cuando, y repartir un par de manos sobre mi escritorio, intentando resolver el misterio de tan singulares cartas.
No importaba cuántas veces lo hiciera, mientras repartiera las manos alternadamente, perdía ante mi oponente imaginario. Llegue a pensar que, más que un trucaje en las cartas, éstas realmente eran mágicas, y añoraban estar de vuelta en las manos de su prestidigitador.
Pasaron los meses y, con estos, se fue apagando en mí el interés por la baraja de Marconni. En mi mente asumía que, sin importar cuál fuese el secreto, tarde o temprano daría con él. Muy en el fondo, mi alma se negaba a saber más de aquel artefacto que se burlaba de mis dotes detectivescos.
Una tarde, al salir de la Universidad –en ese entonces impartía con María una cátedra de criminología en la facultad de derecho, para ayudarnos durante el tiempo de guerra—mi buen amigo Anselmo nos invitó a un cabaret.

--Será divertido—aseguraba—lo acaban de remodelar. Hay baile, y variedad; y no es muy caro. En estos tiempos, no debería de escatimarse en gastos para levantar el ánimo.


Más por complacer a María, acepté. No me parecía adecuado gastar lo poco que ganábamos en lugares como ese, sin embargo, hacía ya mucho que no salíamos a divertirnos.
El lugar era agradable, decorado en tonos rosas y blanco. Nos apostamos en la planta baja, muy cerca de la pista de baile, mientras Anselmo intentaba flirtear con una pastilla a dos mesas de distancia. Él no cambiaba.
Bailamos sendas piezas hasta que la variedad comenzó. Nuestro amigo se jactaba de haber vencido nuestra reaciedad y, debo de aceptar que aquella noche María y yo nos sentimos nuevamente en la juventud.

Reímos con los mimos y faramallas de los actores de revista que abrieron el espectáculo. María enojó al escuchar los procaces cuentos de “Palillo”, pero luego recuperó el buen tono recreándose con las cabriolas de  “Mimí y Sergio, los bailarines más afamados de México”, como los anunciaba el presentador.

--Ya es tarde—me dijo, poco antes de la media noche—mejor vámonos o ya no alcanzaremos coche. A mi me dan mucho miedo estos rumbos del toreo.

--No se preocupen—añadió Anselmo—si gustan se pueden quedar en casa de mi sobrina. Es una casa muy grande y, desde que su marido se fue a los Estates, ella está muy sola.

--¿Dónde vide?—pregunté, mientras María jalaba insistente mi manga.

-- por los rumbos de San Cosme, cerca del Kiosco Morisco. Yo los llevo. Me queda de camino a casa.

--No se—murmuró ella—llagar así, dos extraños a casa de una señora decente, a esta hora de la noche, no es correcto.

--Por favor, señora mía. Ustedes son como de casa. No en balde tantos años de conocernos. Antonio, convéncela. Aún falta el final de la variedad. No se la pueden perder.

--Haremos algo—repuse entonces—nos quedaremos hasta que termine la variedad. Si la dama no queda convencida, nos llevarás a nuestras casas.

--me parece justo, don Anselmo—añadió María, a lo que mi amigo hizo un gesto de pesadumbre, pero al final accedió:

--Ya verán al Gran Svengally, es el mejor ilusionista que he visto.

Entonces, dentro de mi, saltó una extraña sensación. De golpe recordé al viejo Marconni, y la baraja que se empolvaba en mi oficina. Sin decir nada, presté atención al acto de aquel personaje.

Las luces bajaron en el local y, tras una llamarada, apareció en escena un hombre de rasgos hindúes, con una prominente barba en punta, y un par de cejas pobladas que le otorgaban un aspecto demoníaco. Todo ello rematado con un impecable frac y un turbante cuyo broche era una gran gema roja.
Uno a uno, el Gran Svengally realizó sendos trucos con aros, pelotas, e incluso con la bebida de uno de los parroquianos más cercanos a la pista. Apareció aves, desapareció carteras –a lo que agradecía no traer más de veinte pesos en la bolsa—y al final se esfumó de escena de la misma forma en la que había llegado. María aplaudía eufórica, y me confesaba haber pasado muy buena velada. Yo, en cambio, no dejaba de pensar en ese mazo que había llegado a mis manos hacía tiempo.
--Nos les dije—exclamó triunfante, Anselmo—los ha dejado atónitos, mis colegas criminólogos. No cabe duda de que aún hay secretos que ni sus ojos pueden develar.
Aún no me explico por qué me volví hacia él y le pedí me presentara a aquel mago. Resultó que Anselmo conocía al dueño del local, un tal señor Aguirre, y que estaba en sus manos el presentarme con Svengally.
Tras ese lapsus, pudo mas la voz de María, quien me insistía que era hora de retirarnos. Aquella noche no pude reunirme con el ilusionista y finalmente desentrañar el misterio de la baraja de Marconni…

Fragmento del diario personal de Antonio Aguinaga,

Investigador privado, Presidencia de la República.

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13/02/2009 13:25 Autor: Dino Marconni. #BlogThis. Hay 1 comentario.

Manifiesto Invernal: Contra la Humanidad!

 

Manifiesto Invernal ¡Contra la Humanidad!

 

Recientes acontecimientos – y otros no tanto- que han afectado la vida de un servidor en los últimos meses me han dejado sumido, a la par, en una larga depresión decembrina que se continuó hasta hace unos días mas, por fortuna, reflexivo ante las causas y efectos de mis actos. Aspecto que, como prestidigitador, me invita a revisar el cometido que persigo.

 

Más allá de las implicaciones sentimentaloides de las que parecería estar investida dicha reflexión, me he avocado a pensar sobre el movimiento que, ha ya medio año, inicié con la emisión del primer manifiesto de la Mascarada Libertina. Documento que, fundado en bases idealistas que una tarde compulsiva lograran plasmarse en el papel –metafóricamente hablando—y que en su momento eran dictado del corazón sobre la labor que emprenderíamos como genios creativos.

Dichos postulados, y las disertaciones que en lo individual y lo colectivo mantuve con algunos de los enmascarados, aún me parecen acertados. Asumir el egoísmo dentro de la creatividad, y la perenne insatisfacción de esta labor siguen siendo pilares del acercamiento a mi trabajo como creador.

No así, la postura humilde que esbocé en la disertaciones subsecuentes, ahora no me resulta del todo agradable; y no es por un aparente endiosamiento Huidobriano, que bien me caería ahora, y reconozco como lisonjero. No, mi postura va más allá de asumirse como genio, semidiós, entidad omnipotente dentro del mundo de las ideas individuales, y demás epítetos que en alguna ocasión añadí a ala condición de enmascarado. Aquellos títulos no son más que paliativos ente la abrumadora realidad de la incomprensión que Rojas describe en su parábola del país de los ciegos.

A decir verdad, esta postura que se ha ido fraguando de unas semanas ala fecha, y que mucho tiene que ver con los efectos del ritual solsticial pagano/católico comúnmente llamado Navidad, no es sino una reafirmación del dilema que, ya en una ocasión mantuve con una insigne enmascarada en agosto pasado, y que plantea la relación del creador con el público. Ella señalaba que el artista (sic) debía su trabajo al público, y sacaba a relucir el tema del mensaje dentro de la creatividad. Como ya expuse en alguna ocasión en este foro, es menester personal obviar a los colectivos social y académico, en tanto facetas institucionalizadas, en aras de la compulsión por la creatividad. Resumiré que dicha discusión no ha llegado a su fin, y espero retomarla muy pronto. No así, mi postura respecto al público se recrudece y llena de desprecio.

En las últimas semanas, recapitulo,  presencié pruebas de la irrevocabilidad de la farsa humana. Aquella que pregona la feliz convivencia y la ayuda mutua, la misma que pondera el bien común y el respeto; esa que ensalza los sentimientos “puros” del amor y la libertad como bandera de la sociedad. ¡Una farsa!

Nada nuevo bajo el sol, señalarán algunos con justificada certidumbre. No existe convivencia, ni interacción, mucho menos sentimientos como los arriba enunciados, que no sean remedo reactitudes condicionadas a lugares comunes, eternos encadenamientos de pautas de conducta que, a la sazón, vienen a marcar la senda de los individuos en su devenir por la vida.

Sin embargo, y de nuevo remitiéndome a un aspecto en su totalidad basado en el egoísmo, señalo la afrenta  al sentirla como propia. La sociedad, más que nunca, me ha mostrado su capacidad, no sólo para limitar y corromper al individuo y sus ideas, sino para destruirlo por completo, sin que éste siquiera se percate de dicha coerción. Y lo más doloroso es haberlo presenciado más allá de mi persona; si al menos el agravio hubiese recaído en mí, quedaría enarbolar la bandera del martirio adolescente. No, esta vez sería insultante el siquiera señalarme como receptor de enseñanza alguna sobre dichos acontecimientos; “sudar calenturas ajenas” como se dice coloquialmente.

Esta ocasión tomo el tintero y la pluma –de nuevo metafóricamente- y me inclino por dejar el tono usual de mis letras. Apelo al homenaje póstumo para aquellos que creyeron en la farsa, y cayeron como efecto de la misma. Bajo la vista con impotencia y me pregunto si acaso tiene sentido crear. Si alguna frase, algún gesto vale la pena un momento de la Humanidad. La velada y condicionada acción del sentido común me instiga a mantener las virtudes cristianas en las que alguna vez fui formado y comulgué, pero la visceralidad, la compulsión, me huelga a despreciar con amargura la raza de la que formo parte y que demuestra sin escarnio su valía:

 

  • PROTESTO entonces contra la Humanidad misma, porque ha demostrado su rampante efecto y con ello sellado su valor ante mis ojos.

 

  • PROTESTO contra todo beneficio de la duda que pueda dársele a cada ser humano respecto a sus actos; incluyendo por supuesto los propios.

 

  • NO hay entonces redención alguna para aquellos que formemos parte de esta masa abyecta. No existe dispensa ni excepción. Nuestra raza ha fallado tanto en sus actos como en sus omisiones.

 

  • NO tiene sentido ensalzar las virtudes. Su presencia es mera concepción de una fantasía ideal de la realidad que reproduce el ser humano; por tanto el arte, además de enmascarar al autor e institucionalizarlo, engaña descaradamente al espectador.

 

  • EL ser humano sueña, anhela y vive la creatividad, pero no la valora realmente. No puede soportar la situación onírica y termina por pervertir, denigrar y prostituir su situación. No conforme con destruir su propia realidad, condena a sus semejantes a cada paso, del mismo modo que lo hago yo en estas líneas, y por lo cual sigo siendo culpable.

 

  • TODO logro puede y es utilizado en prejuicio de su autor. La consecución personal se vuelve irrelevante, a excepción de su uso como arma para el chantaje, la coerción o el castigo. La Ley de vida es destruir.

 

  • LA Fe en la Humanidad, no pasa de ser una charada, una farsa que más que paradójica es risible. Por tanto, todo acto –summa egoísta- vale en su exacta concepción, sólo y sólo para quién lo hace.

 

  • SIN embargo, la capacidad de negación, la virtud del camino errado, permite tirar a la basura todo lo anterior. Ejercicio vano, pero al fin válido para quien lo profesa.

 

  • ¡Al Diablo –si acaso le concierne—la Humanidad entera! ¡Al Diablo todos y cada uno de nosotros! La atrofia de la sociedad requiere una escisión de sí misma.

 

  • POR tanto, la verdadera propiedad de la genialidad creativa es el anatema. El exilio y la inmolación simultáneos y voluntarios. Nos pronunciábamos por un cisma de las instituciones, cuando en realidad el exilio es de la condición humana. Hastiados de su existencia, de la que hemos formado parte y, pese a todo pronunciamiento, seguiremos siendo, no es valido renegar incesantes y vacíos. De nada sirve bajar la vista, derrotados.

 

  • RECONOZCO como individuo el error garrafal de nuestra existencia en el planeta y, por gracia del error, me ofrendaré en cada una de mis obras. No por reconocimiento, tampoco por protagonismo, ni siquiera abrazando el trascendente hábito del penitente, el asceta o el mártir. Nada de eso tiene valor alguno. Al menos no en la realidad que ahora contemplo.

 

  • ABRAZO con locura el error, fallo a cada paso en mi intento por crear, porque nada de lo que haga significa un ápice de redención. Lo hago por loco, por estúpido romántico acaso.

 

  • NO significó perder la fe. Fue darse cuenta de que no existía.

 

Bajo estos sentires personales, vuelvo a jurar en la Soledad. Antes me aliené de la sociedad, de la Academia y de toda institución. En un arrebato de locura creí que era suficiente mantener mi genialidad al margen de estos constructor, pero ahora sólo veo que la existencia atomizada es imposible. El truco quedó al descubierto y hasta la Diosa Fortuna perdió parte de su brillo ante los ojos de este simple mago humano.

Hoy, el paso va al origen del problema. Me asumo exiliado de la Humanidad, por más vano que eso suene, y no por eso dejo de ser culpable de mis actos. ME declaro loco, por buscar con frenesí mi compulso creativo, pese a saber que mi signo lo corromperá, deformará y terminará por destruirlo, siendo yo el primero en hacerlo, probablemente.

He ahí el verdadero truco; el efecto que me obliga a ser más cuidadoso en cada pase. Conozco la calaña que porto en las venas, y deberé pelear por dejar en cada obra mi carácter humano, es decir, la natural propensión por destruir.

No espero redención, mucho menos ofrezco una senda. No la hay siquiera para sí mismo. La Humanidad ha llegado a su estadio más decadente, a juzgar por mi experiencia. Deberíamos desaparecer de Súbito de este mundo.

 

Escribo hoy con ánimos caldeados, tras varias semanas de fraguar este sentir. No abogo por su aplicación en los preceptos de la Mascarada Libertina. Dichos postulados son también  materia conjunta de mis correligionarios, y sería pretencioso, si no, birlón, intentar unirlos a mi nueva cruzada personal. Tan sólo invito a quien se identifique en este sentir, a que no me escuche. Que deseche todas y cada una de mis afirmaciones. Después de todo soy a mi pesar miembro permanente de la Humanidad; pero del mismo modo, exhorto a redactar sus reflexiones al respecto. Nada vale más allá de su creador, y probablemente ni yo mismo entiendo el verdadero cometido de mis palabras. Mientras tanto, declaro mi anatema individual del resto del mundo. Esa máscara aceptada voluntariamente hace unos meses, jamás había causado tanto escozor como ahora.

 

 

 

 

¡EN CONTRA DE LA HUMANIDAD!

 

Dino Marconni, 3 de febrero de 2009, en algún lugar de la Ciudad de México.

 

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03/02/2009 16:41 Autor: Dino Marconni. #BlogThis. Tema: Ensayos. Hay 3 comentarios.

Año va.... 2009.

Otra vuelta de tuerca. El ritual anual toca a su fin. Tan sólo un cambio de fecha más.


El planeta ha dado un giro más alrededor de su estrella, y sus habitantes se regocijan casi demencialmente por haberle sobrevivido.

Usualmente, el fin de año es fecha de recuentos, exámenes de conciencia, abrazos y recriminaciones entre propios y ajenos, y sé que hacer alguna de estas dinámicas grupales a las que estamos tan acostumbrados, tan sólo sería repetir el esquema. Apelar a lugares comunes en la agenda social, y contradecir mis últimos pronunciamientos.

Sin embargo esta noche, entre oporto y ravioles de muy buen sazón, deseo unirme – al menos un poco- a los usos y costumbres. Un último homenaje en este año del Ridículo que muere por decreto a la medianoche.

Un año que no pasó en vano sobre de mí. Que dejó claras huellas de su existencia en cuerpo y alma; quizás no tan visibles ni fatales como podría sonar la frase, pero no por eso menos importantes.

Un año en el que siento por vez primera el guiño de la vejez sobre mi estampa; en el que, no lo negaré, hubo de todo. Que cumplió expectativas y clichés de “Salud, Dinero y Amor”

Salud, que la hubo, de no ser por esta gripa que hoy también parece despedirse. Dinero que fluyo, y que como vino, ya se ha ido. Amor que viví, de manera intermitente y terregosa, pero que ahí estuvo.

No podría, no debería de quejarme entonces esta noche. Esa en la que los malos agüeros se despejan ante el viso de un nuevo porvenir. ¡Cómo si el avanzar del calendario aligerara la carga que se lleva a cuestas, y exculpara los pecados!

Por otro lado, si así fuera, ¿Por qué entonces vivo las festividades sin sentirlas? ¿Por qué mi decepción hacia las instituciones y sus practicantes? Y sobretodo, ¿por qué la maldita soledad, pese a estar rodeado de una celebración?

Algo debió fallar. Quizás no hice bien esos ridículos rituales propiciatorios que se estilan en estas épocas del año. Quizás es que finalmente se cumplió aquella sentencia que me condenaba a hartar a los que me rodean, y ellos a mí. Tal vez sea efecto de la circunstancia, que otrora era mi aliada, y hoy día me da la espalda en respuesta a mis actos.

Al final, es probable que sólo se deba a la sobrevaloración que solía darle a determinadas fechas en mi pasado practicante. La excesiva fe en que una mera vuelta de hoja me mostrase un libro nuevo. Al final, resulta que esto no es sino un día más. Uno que aumenta en progresión la fecha. Año va, año viene. Como lo fue ayer, y como será en el mañana. Lo que importa no es el tiempo, sino las acciones.

 

Feliz 2009 a todos los lectores, sin ánimo de malograr intenciones personales…


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01/01/2009 01:02 Autor: Dino Marconni. #BlogThis. Tema: Divagando. Hay 3 comentarios.


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